En el patio de mi casa hay un pozo, negro y profundo, donde es imposible de ver el fondo que termina perdiéndose en lo más oscuro de los pensamientos. Seguro que quien se asoma sentirá un escalofrío galopando a toda velocidad por el cuerpo entero, desde las uñas de los pies hasta la punta más extrema de los pelos.
Aunque todos saben que el pozo está seco y desprovisto de cualquier bien, hay gente que se asoma, algunos más que otros. Alguno se aventuran a mirarlo por largos períodos, otros son más calmados y temerosos de la caída. Yo recuerdo haber tirado algunas piedras y nunca fui capaz de escucharlas chocar contra el fondo, aunque estoy seguro de que lo tiene.
Mi madre siempre nos dijo a mis hermanos y a mí que no nos asomáramos, no fuera que nos cayéramos, y desde chico su palabra no solo era la ley, sino la religión con la que se guiaba lel mundo entero. Lo curioso, es que a medida que fui creciendo, me di cuenta que todos siempre se asomaban al pozo, y me dio curiosidad.

