lunes, 31 de agosto de 2015

Sin palabras



Digamos que la experiencia fue buena. Digamos que valió la pena reunirme con la capital del mundo antiguo. Un día, te sabes perdido y al otro te encuentras entre risas y lágrimas junto al pasado en el presente y tu cabeza no sabe cómo continuar.
El vapor tóxico desgarrándote el respirar y el oro líquido asentándose en los confines del sabor sólo para llorar las virtudes antiguas.

Sol tras luna, y luna tras sol los recuerdos se fusionan en un sólo momento de entretenimiento tan corto que se hace eterno. La palabra clave para entablar el más mágico momento es amistad, que entre los sonidos inaudibles surgen diferencias inexplicables aunque necesarias para la anormal normalidad. 

Un juego simple que resulta exigir más mentalidad de lo esperado, humedeciendo las fichas incluso luego del esperado final en el que los contrincantes terminan recordando la complicidad de sus reglas, donde las alegorías son las más importantes de ellas. 

La familiaridad es lo que faltó para que el cúmulo de las palabras fuera tan potente de principio a fin, pero en fin, el deseo de un reencuentro futuro es más fuerte que el tiempo. 

El día de mañana la experiencia será diferente. Cuando finalmente el sol no se entremezcle con la luna, pero sí con las estrellas que aunque se sabe la mayoría de ellas tienen mayor tamaño, el brillo que se aprecia desde la tierra no tiene comparación alguna.

Digamos que la experiencia fue buena. Digamos que valió la pena reunirme con la capital del mundo antiguo...  Digámoslo así para que al repetirlo, no exista la excusa de que fue todo tan bien esta vez que no se podrá siquiera igualar.

Buenas noches

D.H.

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