martes, 24 de julio de 2012

Sevilla

Hace ya tiempo sin que escribo, sin expresar lo que me interesa o incomoda. Así que esto va por Sevilla, uno de mis muchos hogares, donde he vivido tanto como he querido, y donde ha pasado tanto como he dejado.

Como dicen por aquí, Sevilla tiene un color especial, aquí la gente es muy alegre, incluso con sus huelgas y el mal tiempo, siempre encontrarás una buena cara, una sonrisa que penetre en el alma e ilumine tu ser. Siempre encontrarás algo para hacer.


Aquí la gente rueda por los verdes caminos, gritando de alegría y expulsando todo lo malo del corazón. Es difícil mantenerse triste o enojado, sobre todo en las épocas de sol, aquel que te pone a 50 grados... Es más fuerte que una botella de ron, y te pone incluso más alegre. Su cerveza, Cruscampo, aquella de un sabor insoportable en un principio, pero inolvidable con el tiempo, mientras se está a las orillas del río, bajo las armonías de unas guitarras y porqué no, maracas e instrumentos de otras culturas.

Sevilla, donde llueve muy poco, pero si se lo propone, no te deja salir de casa ya que sus calles se convierten en rápidos ríos caudalosos... que yo he visto con mis propios ojos cómo un día de lluvia el agua abordaba dentro de las casas, como si de un barco hundido se tratara. Pero aún así, siempre hallarás sonrisas.

Ésta es una época mala, la crisis es el tema central de las conversaciones, ya seas de izquierda o de derechas. El país entero se hunde como Sevilla, con una gran diferencia, aquí se alza la cabeza y se sigue andando el camino.

El trabajo escasea, la universidad entera se cabrea, hay huelgas por doquier, pero un partido alegra hasta el corazón más deprimido. Claro que el gobierno aprovecha esto para hacer lo que quiera, pero al fin y al cabo, es un gobierno cualquiera que pronto llegará a su fin. De eso ya se ocupará el país entero, mientras que aquí, en esta ciudad, la gente seguirá danzando al ritmo de una Sevillana, el flamenco se encuentra en la calle, así como violinistas, arperos, guitarristas, grupos enteros frente a la majestuosa catedral con su imponente Giralda, y el giraldillo coronando la cúspide del templo más representativo.

No todos se animan a subir, pero los que lo hacemos, observamos una Sevilla apacible. Incluso cuando suenan las 24 campanas al mismo tiempo, de forma desordenada, pero creando una melodía digna de escuchar. Es como si la ciudad entera se detuviera para apreciar un desorden ordenado.

Aquí es donde la semana santa se da a conocer, y, donde en la feria, es el rebujito el causante de todo lo bueno y lo malo. Aquí es donde los cigarros hicieron su primera aparición y por donde ha pasado todo el oro y piedras preciosas del nuevo mundo, de mi mundo y el de muchos otros.

En su época, Sevilla fue el ombligo, donde se juntaba una parte con la otra, el centro de lo esperado e inesperado. De donde zarpaban los navíos hacia la perdición, pero donde volvían con mil historias y riquezas. Con la torre del oro como el centro de operaciones y el archivo de indias como computadora central, donde se juntaba toda la información.

Sevilla con el Alamillo para pasar el día con los colegas; o Maria Luisa, aquel jardín convertido en bosque; Los Jardines de Murillo, donde se aloja el rey; la judería, con sus estrechas y más antiguas calles; la Alameda que alberga gente de todos los tipos; o la famosa barriada de Triana, llena de vida nocturna. Si te impactó la película de 300, pues ni te acerques a las 3000, aunque no hundiremos un barrio entero por unos pocos, ya que allí se conoce también a mucha gente de bien.

No soy capaz de enumerar todo lo existente en esta ciudad tan antigua como roma misma, ya que los asentamientos se encuentran hasta escarbando su centro para construir una nave moderna. Sólo puedo decir  que yo llegué aquí de casualidad, y aunque me vaya en un futuro, una gran parte de mi corazón quedará siempre enterrada como su pasado, presente y futuro.

DHrmsn

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