viernes, 6 de agosto de 2010

Corre, no intentes algo más.

Llegas y en el estómago empiezas a sentir revoloteos. Incontrolables, intentas inútilmente disminuírlos. Los olvidas por un momento mientras ves a otras personas corriendo lo más rápido posible. En ese momento miras y escojes un favorito, aunque no hechas mucha cuenta del resultado.

Escuchas tu nombre por el altavoz, recuerdas todo ese caos dentro de tí y tomas un gran respiro. Buscas tus pies, revisas que pinchen lo suficiente. Coges la crema y desfilas hacia el portal. Al cruzarlo entras en una diemnsión distinta, observas que allí dentro todos están pendientes de lo suyo, como si fueran todos egoístas.

Encuentras a veces caras conocidas. Pero por lo general tu vas igual que el resto. Empiezas a moverte un poco, pierna tras pierna. Untas tus músculos con esa crema de olor tan mentolado, que penetra la nariz y a veces hasta los ojos. Sientes cómo tus músculos se calientan, y vuelves a moverte. Movimientos largos, cortos, rápidos, lentos, pausados, de todo un poco.

Recuerdas tus articulaciones, y las mueves con delicadeza, no vaya a ser que te fallen. De una en una, con paciencia, tranquilo. De arriba a abajo, el cuello, los hombros, los codos, las muñecas, la cadera, las rodillas y los tobillos. Todos muy importantes. Estiras los músculos que ya tienes un poco calientes. Todo será mejor de esa forma.

Por un megáfono dicen que te acerques con todos los compañeros, y obedientemente todos se amontonan en el cesped al lado de aquel gritón. Poco a poco los enfilan a todos y te llevan como si de un pelotón se tratase a la línea de fuego.

Los ponen en línea horizontal (ya nadie más para atrás de la fila, estás casi en tu último momento). Ya los nervios te carcomen por dentro. Comprendes cómo se siente alguien con úlceras en el estómago, tienes que ir hasta el final. Ya no puedes retroceder ni rendirte.

Cierras los ojos y tratas de olvidarte de el mundo entero, pero es imposible. Respiras a conciencia, intentando calmarte, pero es también imposible. Miras la línea en el suelo y coges tus marcas. Te acercas hacia esa línea blanca, y la tocas con tus dedos. Los más cercanos son los gordos y los índices.

Tratas de controlar tus brazos, que tiemblan de la emoción. Sientes en el pecho aquello que tanto te gusta. Con los pies y las rodillas en el suelo, te concentras y es como si un minuto durara una hora entera. Te levantas y encojes una y otra vez, hasta que escuchas esa voz indicando sometimiento.

Te agachas por última vez y ya tus dedos van a los sitios asignados sin siquiera ver, los pies y las rodillas siguen los pasos. Cierras los ojos y agachas la cabeza. Luego, la misma voz te dice que te alistes, y en ese momento das la bocanada de aire más grande que puedas, despegas las rodillas del suelo, tu corazón empieza a palpitar más rápido que nunca... vislumbras el final a lo lejos.

De un momento a otro, se ha dado la voz de partida y casi sin darte cuenta todos los nervios han desaparecido, llevas 25 mts corriendo y la respiración va tan rápido como posible. Tus piernas se estiran y estrechan a cada paso, al máximo y casi mínimo posible. Tus brazos en un vaivén y tu corazón, aunque no lo sientes por la emoción, sabes que palpita como nunca antes.

Corres, lo más rápido que puedas, sin miedo, sin mirar atrás, sin escapar de nadie, sino por alcanzar la gloria. La gente sigue tus pasos, pero no son capaces de alcanzarte, más que uno con quien vas cabeza a cabeza. Ninguno de los dos puede ir mucho más rápido y ya es cuando la preparación física (entre musculatura y resistencia) entran en juego.

Los dos llegan muy parejos, y no sabes qué es lo que ha sucedido. De pronto la gente te grita. No entiendes del todo lo que sucede, estás extasiado por la adrenalina que has ido segregando desde que cruzaste por el portal. Cuando empiezan a calmarse las cosas, te dicen que ya todo ha terminado y que luego puedes ir a posarte sobre ese cajón, ni tan alto ni tan bajo, pero aún así, el más alto que existe respecto a esos 100 mts...

DHrmsn

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